Primera luna del año

1 enero 2018

Crónica de una noche selenita: Una luna para hipnotizarnos a todos.

Con la mente aún fresca por el momento vivido aprovecho para plasmar por escrito algunos momentos de estos primeros días del año. Y es que hablar en plural el segundo día del año es lo propio, aunque sea tan justo y pillado al vuelo. Cada momento hermoso bien merecen conservarse.

Volvíamos por carretera pocas horas después de haber comenzado el primer día del año, y pocas horas eran seis, lo que a veinticuatro no es mucho. El caso es que después de una noche de comilona familiar, al abrigo de las risas de mis seres queridos, salgo a la una de la mañana rumbo al oeste. Teniendo en cuenta que había cenado al este de Madrid capital ir hacia la carretera de Toledo se me antoja un viaje triangular de "recorrer catetos" muy ajetreado. Parto del sur en dirección noreste, cruzo al oeste para después volver al sur... si, primero hago los catetos y después me hiponetuso un poco antes de llegar a casa. Vuelvo al relato no sea que me descuadre. Lo que decía, una noche para andar por carretera. El caso es que intenté ignorar a los coches que me saltaban como fichas de ajedrez y seguí a mi tran tran tranquila. Había llovido y el asfalto brillaba, daban lluvias toda la noche pero para mi sorpresa el cielo estaba despejando. Estrellas...

Veo estrellas entre las nubes. Y enseguida me digo a mi misma: si, estrellas, vaya novedad.

Pero es que no las esperaba así que este mini viaje en solitario se me antoja una compañía agradable. Los cuarenta minutos que me llevó fueron de todo menos apetecibles, atascazo de varios carriles cuando los había, lo normal... A la una y media de la madrugada llegué a mi destino no sin cierto estrés y lo primero que hice al salir fue elevar la vista al cielo.

Es un bálsamo, reconforta. El cielo definitivamente quería abrir, ¡la Luna! ¿Dónde estas? Ahh, ya te veo... luego nos vemos a la vuelta.

Y si, desde ese momento ya lo había decidido, cuando desembarque en casa saco el telescopio o los prismáticos y te hago un rato compañía. Así, con ese pensamiento, me reuní con Fernando y me sumergí en la segunda parte de la jornada festiva.

Que terminó sobre las cuatro de la mañana si mal no recuerdo, arranqué el coche y nos pusimos en marcha de vuelta a casa. Es incómodo conducir de noche, no me gusta, pero porque todo me deslumbra. Cada foco, faro de coche o farola... es como si te dieran puñetazos en los ojos. Así llegué a cruzar el Misisipi, digo el Tajo. A partir de ese punto todo se atenuó, y comencé a ver mogollón de estrellas. Sería por el contraste del cielo, los retales de nubes o la humedad pero brillaban rabiosas. Sirio, cómo puedo decirlo sin que quede tosco, Sirio petardeaba. Lo hacía con tanta fuerza y colores que me tenía embobada. Por la autovía me podía permitir mirarla, la carretera casi parecía llevarte hacia ella. En un giro para desviarme entró en escena la Luna... se ocultaba por el oeste. Aún le quedaba recorrido pero ya cabeceaba con ganas de irse a dormir.

Anda, como yo.

Conduciendo a la luz de la Luna la oscuridad de la noche se me antojaba brillante y llena de luz. Sigo viajando hacia el sur sin perder de vista a la Luna.  A mi derecha ésta inclinaba su cabeza para recostarse en el hombro de la noche, más allá del horizonte oeste el cielo brillaba con las constelaciones del invierno que ya se van.. me invade ese pensamiento. Me queda poco tiempo.  A mi izquierda, el cielo quiere amanecer pero aún no es su momento.

Entre la suave bruma asoman Júpiter y Marte ¡qué espléndido conjunto!. Míralos cómo reclaman su momento entre las pocas nubes que quedan... ¡Shine on you, cracy diamond!

Al principio me desconcertaba, pero fue disiparse la bruma de la zona y aparecer Marte claramente. En línea y hacia la derecha Spica esconde su brillo, parpadea tímida ante el resplandor de Júpiter. ¿Pero qué les pasa esta noche? ¡Cómo brillan!

Llegamos a casa a las 6:00 y, sin cambiarme de ropa, subo a la terraza para cumplir mi deseo: despedir a Selene. Por poco no llego a tiempo para darle un beso de buenas noches... "un gran año nos espera amiga".

Tengo que colocar el trípode en el mismo borde de la terraza porque ya casi no llego a verla, se mete en las sábanas del tejado. Un pequeño hueco me queda, lo justo para verla. Y no me defrauda. Verla tan grande, redonda, luminosa y ... tridimensional... me hace dar un suspiro. Dedico el poco tiempo que tengo para recorrer el terminador que aún se perfila, está tumbada de costado y todo el limbo oeste puedo delinearlo con la mirada, saboreo cada rincón.

Aristarco es como un faro en mitad del océano, resplandece con un albedo digno de las campanadas. La tempestad ya ha pasado, el mar está en calma y por momento siento que me relajo. La vista va dando saltos por los relieves destacados, la zona norteña está muy hermosa pero hacia donde se me va la vista es al vecindario de Grimaldi. Por allí aún sigue la fiesta. El espectáculo es sobrecogedor, a pesar de no tener más que la visión de conjunto sin demasiado aumentos los detalles que se ven desbordan todas las expectativas de esta furtiva incursión lunar.

Riccioli y Hevelius le hacen compañía destacando sobremanera, al sur me llama poderosamente la atención algunas regiones oscuras: el Lago de la Excelencia y Schickard compiten en oscuridad mientras otra región similar en área se me antoja desconocida. Averiguaré qué es. Pero para oscuridad insondable la que se abre en el océano de las tormentas.

Entre Grimaldi y Sinus Roris se abre un espectáculo digno de los siete mares. Casi da miedo ver cómo la oscuridad del inmenso océano se curva hacia el infinito y se pierde en la noche lunar. Y es que literalmente se pierde. Os aseguro que la sensación tridimensional aquí es brutal, porque no se corta de golpe sino que el negro basalto se apaga en un desvanecimiento lento y suave... dando la espectacular sensación de curva que esta noche me tiene fascinada.

¡Mereció la pena! Ya lo creo, mientras el limbo de la chimenea de casa asoma por el campo de visión me despido de la Luna grabando a fuego este paisaje del oeste selenita. La silueta del perfil de la hermosa costa que conecta con la Bahía del Rocío me hace volver a la Tierra. Y es que tengo el cuerpo empapado de rocío, las manos no responden y las muevo frotándolas para recuperar un poco de calor. Qué buena idea fue ponerme hoy suela gruesa, sino la humedad de Sinus Roris ya me habría alcanzado.

Terminé la observación más contenta que nada, con la esperanza de repetir de nuevo mi viaje por el terminador. Pero el cielo no fue tan benévolo conmigo, y me tocó esperar a la noche del segundo día.  

Y ese día es hoy. La Luna Llena está aquí y siempre que tengo ocasión no me pierdo su salida desde la terraza. Así que termino las tareas y cuando suena la alarma salgo disparada a la terraza. Quedan diez minutos para que asome el primer rayo de luz selenita.

Cinco minutos para la cuenta atrás. Aparece por la calle una furgoneta de reparto con las largas puestas que me hace desviar la mirada, como aminore es que es para mi... no, ahora no.... ayyy

Y efectivamente se para en mi puerta. Salgo como una escopeta escaleras abajo para llegar lo antes posible y en tan solo dos minutos le firmo y estoy de vuelta en la terraza. Qué calor, con la tontería de las escaleras. El resplandor no tarda en hacer acto de presencia, destacando un halo anaranjado en mitad del horizonte añil.

Dirijo los prismáticos hacia el mismo punto y ... ahogo un.. un, no pude ni hablar, ni pensar... la imagen fue indescriptible. Un filete de luna, si... habéis leído bien, un filete de luna se acababa de desprender de ella y flotaba por encima de su ya visible cuerpo. Implacablemente subía poco a poco y con ella se desprendieron por lo menos tres trozos que a su vez se rompieron en lo que parecía el aspecto de arena suelta... esas porciones lunares eran verde. Pero verde esmeralda.

El cielo en ese punto estaba sucio, cubierto de bruma y se apreciaban capas de nubes que destacaban como bandas molestas. Selene ascendía... aquí llega a su cita, puntual... Dama de los cielos, reina de nuestro corazón, ondea su figura en el oleaje de la atmósfera. 

Me viene a la cabeza la melodía de Local Hero: “That's the way it always starts, sitting here and waiting on the beating of my heart." Y en la solemnidad del momento pude escuchar mi corazón.

 

Su ondeante limbo es hipnótico. Oscila curvándose, aplastándose y rompiéndose como lo hace el Sol en el mar... la luna se hace pedazos y lo lanza al cielo por encima de ella como confeti...

A medida que asciende el efecto de loncheado que le hace la atmósfera se va suavizando, ya solo se ondula como una bailarina de danza del vientre. Un avión cruza por delante, deja una estela fina y contrastada que se suma a las que ya adornan la luna. Parece que quiere atarla con un fino lazo para llevársela, pero no puede... nadie lo consigue.  Bandas más gruesas intentan cubrir sus encantos, dos muy destacadas le dan un aspecto de planeta joviano... nada, tampoco... Ella finalmente se eleva, libre,  y camina hacia las estrellas.

Unas horas después desaparece su rubor, demasiados ojos mirando... ahora, en la oscuridad dela noche cuando todo el mundo duerme volverá a iluminar el sendero. Te cuidado si te la encuentras, quedarás deslumbrado con su belleza argentada.

Quién tuviera un poco de cavorita esta noche...

Buenas noches. 

 

 

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